LA BUENA SOMBRA  / Rey Migas

Novela Gráfica
2023
124 páginas
21 x 30 cm.
Encuadernación: Rústica.
$90.000

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Esta historia sigue dos trayectos convergentes: por un lado, la vida del funcionario encargado de obedecer las decisiones que llevan a una multinacional bananera a prestar su Gran Flota Blanca para el tráfico de armas y patrocinar a los grupos paramilitares, un cowboy crepuscular con aspiraciones de cínico James Bond. Y, por otro lado, un joven raspachín reclutado por los Güelengues, la escuadra paramilitar que habrá de convertirse en el Bloque Élmer Cárdenas de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), entrenados a sangre y fuego por sicarios del narcotráfico para arrebatar buena parte de la Costa Caribe colombiana al control de las guerrillas y tomarse el resto del país.










Cómo surgió el proyecto.

En 2016 la "época de gloria" de los blogs ya había pasado (es un poco exagerado llamarla así o, al menos así suena vista desde hoy), pero todavía era la única ventana con la que contaba para mostrar los cómics que hacía por entonces, un detrás de cámaras sobre películas que no se llegaron a terminar, titulado "Los Aviones Hundidos". Interrumpí esta especie de inventario del vacío con un cómic de ocho páginas en el que ya está resumida, al menos punteada de comienzo a fin, la historia de la novela gráfica que acabaría llamándose La Buena Sombra (en algún momento se llamó "Érase una vez en Colombia"). Los dos personajes principales ya están ahí, el arco de su relación y poco más. Antes de eso, el origen de la historia es más bien nebuloso: recuerdo que en el inicio de todo estaba "Ktulu" de Moebius, un cómic de cinco páginas que leí a los quince años, cuya atmósfera pasa de mórbida a tórrida, un descenso a los infiernos que cambia de una textura que podríamos llamar "escamosa" a otra "ígnea", de reptil a mineral, en fin. Había algo en la historia de ese funcionario que escapa a la rutina por túneles ocultos para cazar un ser prehumano, algo que me permitía imaginar el papel de esa multinacional bananera en Colombia.

Durante un tiempo que me pareció larguísimo, dejé de pensar en la historia mientras trabajaba en call centers o diseñaba logos para amigos y amigos de amigos, hasta la llegada de la pandemia. Para entonces ya había publicado una novela gráfica de ciencia ficción sobre la primera película colombiana de la Historia gracias a una beca distrital y haciéndola había conocido a Andrés Prieto, el editor de ese primera libro y de este nuevo cómic. Ninguno de ambos proyectos habría sido posible sin la experiencia y ayuda de Andrés, que en esa primera novela apostó por un proyecto inusual que estaba apenas empezando.

Así que durante la pandemia hice algunas pruebas directamente en digital (las ocho páginas anteriores las había hecho en papel), muy influenciado por Sean Phillips, Azaceta, Tomm Coker y Jason Latour. El resultado visual parecía vibrar en la frecuencia adecuada con un trazo más "brocha" y una paleta estrecha, de modo que traté de buscar una respiración más lenta, que me permitiera contar de manera inmersiva la historia que había bocetado en un tono más bien febril en esas primeras ocho páginas.

Durante el proceso de documentación me encontré con las fotos de Julián Lineros, un fotógrafo que ha estado en algunos de los lugares más conflictivos del país tomando unas fotos de una belleza espeluznante y además un tipo generoso que me dio acceso al archivo de unas 50 fotos inéditas que tomó en un campo de entrenamiento del bloque Élmer Cárdenas de las AUC.

Finalmente consulté la línea de tiempo en la que había consignado toda la información que encontré dispersa en libros o Internet y con ella decidí qué período de tiempo quería contar, los personajes secundarios, etc. Visto retrospectivamente todo se ve ordenado y pausado, casi coreografiado, pero el proceso fue, sobra decirlo, mucho más azaroso, a destiempo y caótico y la novela no está "purificada" de ese ruido y ese síncope. En la primera novela escribí un guión completo antes de dibujar la primera viñeta, pero al final tenía esa sensación un poco asfixiante del deadline, de pujar por llegar, de apretar los dientes y cerrar los puños. Y por eso en La Buena Sombra preferí partir de esa vasta línea de tiempo que había construido durante la investigación y tomarle el pulso a la historia a medida que avanzaba, es decir, tener una posición de autor y al mismo tiempo espectador, alguien que veía una página terminada o una secuencia de páginas y decía "mmm, esta historia tal vez podría ir en esta o aquella dirección".